Recuerdo aquel primer día como si fuera ayer. Entre en la
clase de la mano de mi madre y vi a personas tan diminutas como yo, todas con
su falda escocesa hasta los tobillos y los chicos con los pantalones pesqueros
en el mismo estampado.
Nuestros únicos deberes eran colorear princesas y nuestros
apuntes eran mancharnos los dedos con pintura acrílica. Algunos comían
pegamento de barra, otras gomas de borrar, que más tarde sustituyeron por
grapas; a otros les gustaba más lo orgánico por lo que optaban en el menú por
hormigas rojas. En estas edades veíamos todo alcanzable, posible, seguro de
poder realizarse. Podíamos ser princesas y hadas y algunas incluso eran
spiderman, éramos lo que nosotras queríamos, cuando nosotras queríamos. No
había notas ni calificaciones, solo estrellitas doradas que la profesora
colocaba en tu nombre cuando hacías algo bien. Aprendimos a contar, a colorear,
a leer a escribir, a sumar… pero aprendimos cosas más importantes, saber
hacernos valer.
Cuando empezamos primaria nos sentíamos super mayores y
algunas incluso sacaban la lengua a los novatos de infantil a través de la
verja que nos separaba. Había una diferencia muy clara en esta etapa, ya no
estaban los hombres. ¿Cómo íbamos ahora a compartir los novios? Un poquillo difícil
compartir relaciones en la distancia.
Teníamos amigas nuevas que acababan de llegar pero es como
si llevasen toda la vida. Compartíamos chicles, intercambiábamos cromos y
pegatinas, jugábamos a balón prisionero, o a la comba, siempre siguiendo las
modas del recreo, seguimos tendencias desde pequeñitas.
No olvidaremos nunca a Mardoqueo, ni a toda su familia
(cementerio de moscas en la ventana con tumbas diseñadas de forma exclusiva por
nosotras). Tampoco las tizas que nos tiraban para estar atentas, ni los
pupitres que se abalanzaban sobre nosotras por no haber hecho los deberes (casi
prefería cuando me arrancaba las hojas de todo el cuaderno).
Nuestra gran ilusión de cada año, entre muchas otras, era la
fiesta de fin de curso. Bailábamos Waterloo, o YMCA, Grease e incluyo el equipo
A. Pero por alguna extraña razón en casi todas nuestras actuaciones había
alguna lesionada con muleta o vendas en el brazo. Aunque siempre conseguíamos disimularlo
dándole un papel especial como el agitar una bandera.
Cuando acabo primaria nos volvimos a sentir superiores,
nuestros horarios eran distintos y vinieron nuevas alumnas que pronto se
hicieron amigas. El peso de las mochilas
aumento, las profesoras eran más duras, y había que estudiar mucho más. Algunas
profesoras al principio nos dieron miedo pero acabamos riéndonos con ellas.
En esta nueva etapa de nuestra vida surgieron algunas
diferencias y aunque hubo roces de vez en cuando en el fondo todas nos queremos
y hemos sabido aceptarnos por lo que somos y no por lo que hacemos. Cada una de
nosotras es diferente, ¿y no sería muy aburrido relacionarte solo con gente
idéntica a ti? Sería como hablar con una misma delante del espejo.
En los recreos ya no jugábamos, nos sentábamos en coritos
cuyo volumen cambiaba de forma constante. Algunas ya fumábamos y nos escondíamos
para fumar en el recreo todas con nuestro kit anti-olor en la mochila el cual
incluía colonia y chicles.
Poco a poco fuimos creciendo y ya salíamos los fines de
semana por las tardes. A las cinco y media en vips o en cañones del Corte
Inglés. Al principio eran meriendas que más tarde fueron sustituidas por
botellones o por tardes en la Green o En la Nueve, cosas que ahora encontramos
de críos.
Sin darnos cuenta ya estábamos rozando bachillerato. Las
profesoras eran las mismas pero nosotras habíamos cambiado. La velocidad de
escritura en la pizarra se acelero de manera desorbitante, pasábamos hambre en
las clases de la una y media o simplemente nos entraba el sueño aunque te
puedes mantener despierta con sudokus.
Nos llamaban insulsas, nos llamaban princesas, guapas,
pequeñuelas, chiquis.
Realmente pienso que todavía no somos conscientes del todo
de lo que dejamos aquí. Llevamos toda nuestra vida en el colegio y muchos
momentos se quedan en él. Hemos aprendido a ser independientes ya que ahora nos
dejan solas. No nos llamaran princesa en la universidad, no tendremos a nadie
que nos ayude cuando nos atascamos con una integral, no tendremos esa confianza
que tenemos entre nosotras con nadie más y eso se debe a que nos hemos visto
crecer unas a otras, nos hemos visto evolucionar, nos hemos visto madurar. Eso
nos hace tener entre nosotras una conexión especial una confianza plena que
durará para siempre por muchos años que pasen.
Entramos jóvenes e inexpertas, salimos maduras y
profesionales.
Os echaré de menos, princesas.
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