Cada vez nos encontramos en un mundo más competitivo en
todos los aspectos de la vida. Hay competitividad en el gobierno,
competitividad artística y sobretodo competencias laborales. Ahora viene la
pregunta, ¿Nos favorecen?
En un cierto sentido las competencias son buenas, tener unas
expectativas, unas metas, unos objetivos que nos motiven para sacar todo lo
bueno que tenemos y mostrarlo al mundo. Querer siempre más y nunca menos,
querer llegar a lo más alto.
El problema está cuando lo que queremos es superar al otro
ser superiores o al menos intentarlo. Eso solo nos hace personas egoístas,
avariciosas. ¿No todo el mundo tiene derecho a saborear el éxito?
Hay muchas personas talentosas, trillones de personas
inteligentes, espabiladas. Sin embargo personas trabajadoras no hay tantas.
Como en la primera entrada que publiqué, todos somos distintos; cada persona
tendrá su camino específico para llegar al triunfo, ninguno se repite. Por eso
entonces tenemos que encontrar el nuestro en nosotros mismos sin poner el
listón en otra persona y querer superarla a toda costa, pon tu propio listón
con tu nombre y apellido y súbete a él para poner un segundo todavía más alto.
Opino conclusivamente que las competencias pueden hacernos
bien y pueden hacernos mal, todo depende de contra quien compitamos. Si
competimos contra otros solo nos frustraremos al darnos cuenta de que nadie es
perfecto y siempre habrá alguien mejor que tú. Sin embargo las competencias
personales pueden extraernos mucho más de nuestro talento, el competir contra
uno mismo es la clave, tratar hacerlo mejor que la última vez, no quedarse un
una cifra sino aspirar siempre a más. Si sale mal una vez, volver a intentarlo.
Querer es poder y el fracaso es la clave del éxito.
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